Por
alguna razón, en América Latina (y especialmente en Venezuela), cuando uno
crece, uno aprende de política en una sociedad que está dividida entre dos
polos que son muy similares en todos los países de la región: O se es muy
pro-anglosajón, es decir, fanático extremo de EEUU y Gran Bretaña, o se es
“anti-imperialista”. La segunda siempre me ha causado un rechazo frontal.
Siempre estuve más del lado “pro-anglo”. La música, el cine y la TV tanto
gringa como británica es algo que siempre me ha encantado. Pero más que todo, a
la hora de elegir bandos, siempre me ha dado alergia estar de acuerdo en algo
con algún chavista.
Verán,
a mí me tocó aprender de política fue en el año 2002. Ese año, el día de mi
cumpleaños número 15 hubo un paro nacional que 48 horas después desembocaría en
el famoso golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Meses más tarde se rebelaron
unos militares y, en diciembre, se convocó a un paro nacional indefinido que
terminó paralizando a buena parte de la industria nacional (y a la totalidad de
la industria petrolera) durante dos meses. Me parecía a mí de lo más normal que
uno fuese chavista u opositor, pro-EEUU o anti-EEUU, capitalista o comunista.
No había término medio, no cabía un término medio.
Afortunadamente,
la lectura y la distancia lograron colocarme en esa valiosa posición que mi
mamá llama “ni lo uno, ni lo otro sino todo lo contrario”. Descubrí que para
ser opositor no necesariamente hay que ser lo que el Chigüire Bipolar llama
“una viejita del Cafetal”, que uno puede ser capitalista y a la vez estar a
favor de un sistema impositivo que, como en Europa, corrija parcialmente las
desigualdades extremas. Aprendí que uno puede ser amante de la libertad sin tener por eso que estar a favor de EEUU y Gran Bretaña.
Pero
quizás lo más valioso que he aprendido (en cuanto a política) estando afuera de
mi país y de América Latina, es que en lo que a política exterior se refiere, los
países grandes y poderosos siempre se salen con la suya sin importar lo que
digan las leyes internacionales. Sin ir más allá: en la UE, Alemania y Francia
pueden violar los tratados impunemente mientras que países como Grecia,
Irlanda, Portugal, Italia y España son forzados a tomar medidas extremadamente
drásticas por hacer no menos violaciones que Alemania y Francia a los mismos
tratados. Otro buen ejemplo es el de la autoridad de la ONU: Cuando es
irrespetada por Libia, dicho país es bombardeado y prácticamente invadido, pero
cuando es irrespetada por Gran Bretaña no pasa nada…ni sanciones económicas ni
reproches de ningún país desarrollado…nada.
Como si
no fuera suficiente para Gran Bretaña con desobedecer en reiteradas ocasiones a
la ONU cuando ésta le insta a dialogar con la República Federal Argentina sobre
el asunto de las Islas Malvinas (sí, leyeron bien, la ONU sólo pide que G.B. dialogue
y ni a esto le hacen caso), como si no fuera suficiente con amenazar con violar
el Tratado de Lisboa al restringir la libre circulación de ciudadanos europeos
por territorio británico, es decir, territorio europeo…como si no fuera
suficiente todo esto, los británicos hoy por hoy tienen amenazada a la
República de Ecuador con asaltar la embajada de ese país en Londres porque
simplemente no les da la gana de respetar el derecho internacional cuando a
ellos les toca perder.
Sin que
pase nada; Venezuela ha visto cómo se ocupa por la fuerza el 14% de su
territorio, Argentina ve cómo las autoridades internacionales lo son para unos
pero no para otros y ahora Ecuador se encuentra con que hay países que son
demasiado pequeños para poder tener el derecho a decidir a quién le dan asilo
político y a quién no. Todo esto es por arbitrariedades de un solo país. ¿Hasta
cuándo se va a tolerar tanta prepotencia?.
Quizás
algo realmente revolucionario, anti-imperialista y a la vez pro-globalización
sería algo tan sencillo y a la vez tan difícil como respetar y hacer respetar las
leyes y las instituciones internacionales. ¿Para qué firmar un tratado, llámese
Lisboa, Maastricht o Convención de Viena, si luego no lo van a cumplir?. Aquí ya no es cuestión de defender ideología alguna, sino de tener sentido común.