viernes, 12 de junio de 2015

Bienes culturales

En los últimos años hemos visto una especie de boom en cuanto a número de películas producidas en los distintos países iberoamericanos. Ahora toca el siguiente paso: venderlas.

Por alguna razón, la música popular es el único bien cultural que ha logrado traspasar fronteras y establecer, de facto, una especie de mercado único de música en español. La gran diferencia con respecto a lo que ha pasado en el cine y en la literatura, con sus pocas excepciones en cada caso, es que la música popular en español que se escucha a lo largo y ancho de Iberoamérica es, mayoritariamente, producida en EEUU. ¿Hace eso la diferencia? Parece que sí. La formación natural de clusters o nodos que se dio en EEUU entre los distintos inmigrantes latinoamericanos ha hecho de dicho país el centro natural de negocios de Latinoamérica. Los canales por cable por donde a mi generación le llegaban los videos de grupos en otras partes del continente eran, en su casi totalidad, canales estadounidenses. Y antes de eso, está el gran ejemplo de la FANIA – All Stars, la mejor orquesta de salsa de la historia…hecha en EEUU.

Con el cine es distinto. Las grandes productoras norteamericanas dominan la distribución, por lo que la competencia de igual a igual es muy difícil ya que dichas productoras han alcanzado grados envidiables de economías de escala, lo que les da una amplia ventaja a la hora de competir con nuevos jugadores en el mercado. Los gobiernos han tratado de atender este problema ofreciendo incentivos para incrementar la producción de cine nacional y, en unos casos, de cine independiente. Todo esto con el objetivo de fomentar la cultura nacional a través del cine.

Si bien estoy de acuerdo con el fin último de este tipo de políticas (fomentar la cultura), el ángulo desde el que se ha hecho me parece errado o, al menos, incompleto. El problema en Iberoamérica no viene tanto porque no se produzcan películas (el año pasado se produjeron 130 películas solamente en México) sino porque las que se producen no se venden (en el mismo ejemplo, de las 130 que se produjeron en México en 2014 solo se llegaron a estrenar 68, alcanzando apenas el 10% de la asistencia total frente al 87% de las películas de Hollywood). Además, al darle prioridad al cine nacional frente a cualquier película extranjera, las políticas públicas han hecho casi imposible que, por ejemplo, una película hecha en Argentina pueda verse en un cine en Santiago de Chile o que una película colombiana encuentre buena difusión en Venezuela.

Las películas que más o menos saltan algunas fronteras son las que recurren a la coproducción entre 2 o más países, ya que se les da trato de “película nacional” en los países participantes de las coproducciones.

El aislamiento de cada uno de los mercados de habla hispana es un grave obstáculo para la consecución de las necesarias economías de escala que necesitan las compañías de producción para así poder competir en mejores condiciones con el cine angloparlante. Por ello, se hacen necesarias políticas públicas que aborden el problema de la distribución regional, es decir, de las películas hechas en un país iberoamericano que se van a distribuir en otro país de la región. Un ejemplo lo podemos conseguir en la Unión Europea con los cines Renoir, una cadena de cines especializada en el cine europeo que está presente en todos (o casi todos) los países de la UE. Ayudados por políticas comunitarias, han logrado establecer una marca reconocida dentro del público, ganarse cuota de mercado importante y, por tanto, aumentar la facturación del cine europeo en su conjunto.


El Rey de España, Felipe VI, abogó en la Cumbre Iberoamericana de Veracruz (2014) por hacer de la cultura el “nicho de mercado” de la comunidad iberoamericana de naciones. Quizás esté en lo cierto y dicha comunidad sea el sitio en donde se pueda abordar seriamente este problema, no lo sé. Lo que sí sé es que el problema de la distribución debe ser abordado entre todos los países iberoamericanos si es que queremos tener industrias culturales rentables y, por ende, autosuficientes y competitivas. No vamos a ninguna parte si cada país sigue mirándose el ombligo en vez de aprovechar las oportunidades que nos brinda el hecho de tener una lengua común y una cercanía cultural envidiable.

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