martes, 23 de junio de 2015

Globalización

Hace poco fui retado por un gran amigo a argumentar que la globalización trae más beneficios que costos a para la mayor parte de las personas en el mundo. Yo estoy convencido de que es así.

Numerosos estudios lo confirman, aunque también confirman un aumento de la desigualdad de ingresos entre países y dentro de cada país. Curiosamente, aunque esto esté sucediendo, no significa que la desigualdad esté aumentando una vez que eliminamos de la ecuación las fronteras nacionales y tomamos en cuenta al mundo como un todo. En ese escenario, la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, ha disminuido en las últimas décadas. ¿Como es posible esto? Para ponerlo en términos sencillos, llamémoslo el “efecto China”. Un país que por sí solo tiene a 1/6 de la población mundial, es lo suficientemente grande como para afectar el resultado total. El hecho de que China esté pasando de ser un país extremadamente pobre a transitar el camino hacia la riqueza hace que, si el mundo se mide como un todo, al mejorar el nivel de vida de buena parte de la población mundial (la de China) en los últimos 30 años y, al crecer su riqueza más rápido que la del resto del mundo, la desigualdad en la distribución de la riqueza es natural que disminuya.

Con lo que sí estoy de acuerdo es con el argumento de que la manera en la que se ha gestionado la globalización no ha sido la más adecuada. La Organización Mundial del Comercio hace tiempo que fracasó en sus intentos de llegar a un Tratado de Libre Comercio (TLC) mundial. Una extensa red de TLC bilaterales y regionales han tomado su lugar, creando regímenes regulatorios muy complejos que suponen, de por sí, altos costos de transacción a la hora de comerciar entre distintos países. Dichos costos, naturalmente, sólo se lo pueden asumir empresas a partir de cierto tamaño. Además, la carencia de regulaciones mundiales hace que haya Estados que recurran a la competencia desleal, mediante la ausencia absoluta de regulaciones medioambientales o derechos para los trabajadores  (cuyo ejemplo más atroz fue el derrumbe de una fábrica en Bangladesh en 2013 en el que murieron más de 1100 personas) o en la forma de ausencia de derechos de propiedad intelectual, que en unas economías en las que la producción de patentes y contenidos cobra cada vez más importancia, también lo hace la necesidad de contar con marcos regulatorios apropiados. Todo esto por no hablar ni siquiera de la aberración que supone la existencia de paraísos fiscales.

¿Qué hacer? En mi opinión, veo poco (o nada) realista esperar que dichas regulaciones vengan de parte de la OMC. Los TLC que EEUU está negociando a la vez con la UE y con el sureste asiático van en el camino de que los nuevos tratados económicos no abarquen solamente temas comerciales sino también reglas de inversión, regulaciones ambientales, laborales y de propiedad intelectual. Otro tanto lo están haciendo los bloques regionales como la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN, por sus siglas en ingles) y la Alianza del Pacifico, que se han tomado la labor de perfeccionar los acuerdos comerciales ya existentes añadiendo normas de origen, homogenización de requerimientos fitosanitarios, eliminación de otras barreras no-arancelarias al comercio y, sobre todo, libre movilidad de capitales y de personas.


A medida que el mundo avanza hacia una mayor integración, también deben hacerlo sus instituciones. No es una locura imaginarse dentro de unas décadas la existencia de instituciones globales que regulen, desarrollen normativas y, sobre todo, que resuelvan conflictos entre países o entre particulares y países. Instituciones como las que poco a poco fue construyendo la UE en su momento…y es que el viejo continente fue, al parecer, el primero en darse cuenta de que, aunque la política es algo local, la economía es algo global. Su desarrollo del derecho comunitario, con sus instituciones y funcionamiento, debe servir de ejemplo para este nuevo mundo interconectado que estamos construyendo entre todos.

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